Toni Miranda

Fotografío personas, relaciones y momentos que con el tiempo adquieren todavía más valor.

Mi forma de trabajar empieza escuchando: conocer quién eres, entender qué importa para ti y anticipar esos pequeños instantes que merecen ser recordados.

Porque no busco solo que recuerdes cómo eras.

Quiero que recuerdes cómo te sentías.

Siempre he sentido que el tiempo pasa demasiado rápido.

Lo noto cuando veo crecer a mis hijas, cuando una canción me devuelve a un momento de mi infancia o cuando, en una boda, observo a unos padres o a unos abuelos emocionarse al mirar a alguien que quieren.

Creo que ahí nace mi forma de entender la fotografía.

En la necesidad de conservar aquello que sabemos que no va a volver exactamente igual.

De pequeño podía pasar horas imaginando historias en el balcón de casa de mis padres. Con unos simples Playmobil construía mundos enteros sin darme cuenta de cómo pasaba el tiempo.

Con los años dejé de jugar, pero nunca dejé de imaginar.

La fotografía apareció después como una forma de transformar esa manera de observar en algo real.

Pero con el tiempo entendí que hacer fotografías no era suficiente.

Una imagen puede ser bonita y, sin embargo, no significar nada.

Y también puede ocurrir lo contrario: una fotografía aparentemente sencilla puede convertirse, con los años, en una de las cosas más valiosas que conservamos.

Hubo un momento que cambió definitivamente mi manera de mirar.

Una persona se vio reflejada en uno de mis proyectos y rompió a llorar.

Ahí entendí que no estaba reaccionando a una fotografía.

Estaba reaccionando a lo que esa imagen significaba para ella.

Desde entonces mi trabajo empieza mucho antes de coger una cámara.

Empieza escuchando.

Quiero saber quién eres, qué personas son importantes para ti, qué recuerdos forman parte de vuestra historia, qué te emociona y qué cosas quizá todavía no sabes que algún día echarás de menos.

Porque cuanto más conozco a una persona, mejor puedo anticipar dónde puede ocurrir algo importante.

En una boda, mientras vosotros estáis viviendo vuestro día, hay miradas, abrazos y emociones sucediendo en otros lugares.

En una familia, mientras un niño juega, hay pequeños gestos entre padres, hermanos o abuelos que duran apenas unos segundos.

Mi trabajo consiste en estar atento también allí.

Por eso mi manera de fotografiar sigue un recorrido muy sencillo:

Escuchar. Conocer. Anticipar. Fotografiar. Evocar.

Escuchar para entender.

Conocer para saber qué importa.

Anticipar para estar donde puede ocurrir algo.

Fotografiar sin romper lo que está sucediendo.

Y evocar para que, cuando pasen los años, una imagen pueda devolverte por un instante a ese momento.

No busco fotografías perfectas.

Busco fotografías que tengan sentido para quien aparece en ellas.

Fotografías que no solo digan:

“Así éramos”.

Sino también:

“Así nos sentíamos”.

Soy una persona emocional y me siguen emocionando las cosas pequeñas.

Una mirada con cariño.

Una canción que despierta recuerdos.

El amanecer en la montaña.

El olor a romero y tomillo cuando empieza el día.

La felicidad de mis hijas.

O descubrir, años después, que una fotografía ha adquirido mucho más valor del que tenía cuando fue tomada.

Mi mujer ha sido uno de los pilares de mi vida.

Crecimos juntos desde los quince años y creyó en mí incluso cuando yo todavía no sabía hacia dónde iba.

Gracias a ese apoyo encontré el valor para dejar atrás otra profesión y dedicarme a aquello que realmente me hacía sentir vivo.

Quizá por eso siempre termino mirando las relaciones entre las personas.

Porque al final nuestra historia está hecha de ellas.

De quienes estuvieron.

De quienes siguen estando.

De cómo nos mirábamos.

De lo que vivimos juntos.

Y de todo aquello que, con el tiempo, queremos volver a sentir.

Eso es lo que intento conservar con cada fotografía.

Fotografío aquello que algún día vas a necesitar recordar.